Juana María (53) camina con la frente en alto, cree que esconde la verdad sobre la vida por lo que mira a todos los que la rodean con esa superioridad moral que le da esa verdad, su verdad. Se viste con faldas largas y camisas sin escotes, como toda una dama, tiene el pelo perfectamente hidratado y organizado sobre la cabeza y si se le despeina algún rulo, en seguida acude a la planchita para domesticarlo... Como todo en su vida... Todo perfectamente domesticado, alineado, contenido, organizado, previsto y controlado.
Le encanta saludar a todos los vecinos de la cuadra con una amabilidad empalagosa pero si se queda a escuchar las historias, la realidad cruda e impredecible que es la vida humana, se altera, se impresiona. Escucha todo el tiempo desde el prejuicio, desde la necesidad de corrección, de contención hacia el descarrío de la vida del otro.
Se la ve actuar con sus vecinos creyentes con preguntas tales como: ¿no te vi el domingo en la iglesia? ¿qué tal estuvo la enseñanza?
Nunca una pregunta sincera, simplemente al acecho de una respuesta que le permita situar, en su termómetro de perfección, la vida de aquel vecino creyente. Si en las respuestas los vecinos reproducen fragmentos exactos del sermón dominical o si le hablan en detalle de la ropa que tenía puesta el predicador, se da por bien servida. Comprueba la asistencia de la persona a la reunión y con eso se asegura de que el nivel espiritual del otro está donde corresponde.
Cuando convive con vecinos inconversos o mundanos, está notoriamente más a la defensiva, pero en realidad la actitud es siempre la misma: La superioridad moral le permite evaluar, segmentar, etiquetar y calificar a todo cuanto le pase por el frente. Esta vez se la ve interactuar no tanto con preguntas sino con onomatopeyas y juicios de valor repartidos a diestra y siniestra: qué barbaridad… resultado de la vida sin el señor. Una lástima. ¡Y bueno, es el resultado!.
Siempre un dejo de condena, de crítica, de sobradés.
Y luego, Juana María sigue caminando como si nada, o más bien como si todo. Orgullosa de su aporte al mundo, de la iluminación que cree repartir cada vez que abre la boca, pero detrás de ella el señor del diario, la mujer del puesto de flores, el farmacéutico, la adolescente precoz, el joven artista, el médico exitoso y el taxista, prefieren no haberla saludado, siguen pensando lo mismo del ser espiritual que ella pregona conocer, siguen prefiriendo llevar un camino paralelo que ni por error se toque con el dios que domestica cabellos y programa robots insensibles que se impresionan con las historias de la vida real.
miércoles, 29 de junio de 2016
miércoles, 18 de mayo de 2016
Secretos de Agosto del 2008
Cada vez que estoy con mi abuela, cada vez que estoy con un
anciano, pero especialmente con ella…
Tiemblan mis huesos cuando pienso en los años acumulados, las
memorias, la experiencia, los olores, los pesares, los anhelos cumplidos, las risas, las tristezas y los sueños no cumplidos. Con todo
eso encima, siguen ahí, de pie, sin afán.
Se eriza mi piel cuando los veo desacelerar el ritmo, no porque
el cuerpo los obligue sino porque saben con certeza que el tiempo lo cura todo,
lo puede todo.
Tiemblan mis huesos cuando los veo firmes, sin resentimientos,
cuando el sueño no alcanzado no rompió su corazón, cuando a pesar de las
heridas, porque la vida es un paquete con heridas, deciden sonreír.
Cuando devolver amor es su elección.
Especialmente me hace temblar ella. Porque no hay ninguna marca
en su alma que disminuya la fuerza de su amor, porque no importa si el día se
nubla su sonrisa calma es todo lo que queda, porque no importan las arrugas,
sus manos siguen acariciando con la misma delicadeza. No hay amor más firme,
más fuerte, que el de mi abuela. Amor que entrelaza diferencias, por ella todos
somos uno, por ella, vidas disparejas se aparejan.
Un hogar no es un lugar, es una persona. Mi hogar se llama
Carmen Ariza de Rovira. No hay personaje
en el mundo que me inspire más que tú, eres mi realismo mágico personalizado: en ti se esconden todos mis relatos.
El día en que te vayas la muerte no dará miedo.
miércoles, 11 de mayo de 2016
Hoy en mis conversaciones con un ser desprovisto de razón: de la religión y otros placebos.
Estaba sentada en la plaza y pasa una señora argentina, cheta*,
por supuesto, con su pequeña French Poodle. La perrita tiene puesta una correa
rosada con puntitos violeta, el pelo cortado todo parejo excepto en las patas,
donde el peluquero, cheto, por supuesto, “voló”, creó, así que esta perrita,
cheta, por supuesto, viste pantalones Oxford*1 a la perfección (ella
ni se entera, claro está, pero la dueña camina orgullosa).
El caso, la perrita se me acerca y empieza a restregarme su pequeño cuerpo contra la ropa, negra, así que termino llena de pelitos crespos blancos en menos de 30 segundos. La mujer me mira con su mejor sonrisa mientras empieza una “hermosa” conversación con su ser desprovisto de razón:
El caso, la perrita se me acerca y empieza a restregarme su pequeño cuerpo contra la ropa, negra, así que termino llena de pelitos crespos blancos en menos de 30 segundos. La mujer me mira con su mejor sonrisa mientras empieza una “hermosa” conversación con su ser desprovisto de razón:
-Vení Pancha que estás molestando a
la señora-
(Décimo cinco mil punto negativo: ¡me dijo señora!).
-Vení Panchita, sin vergüenza que
sos. Vení para acá. ¿Viste?, hace así todas las mañanas. Se acerca a la cama
y empieza grrrr (tendrían que ver
el performance de la mujer imitando el gruñido del ser peludo), grrr y grrr y no se calla hasta que le hago
mimos. Sin vergüenza que sos, Pancha, vení.
Ya no sé si le habla a la perra o me habla a mi ¿o le habla a la
perra de mi?*2
Le sonrío por cordialidad y, continuando con el protocolo, le
hago mimos a la cosa peluda pero en realidad no paro de pensar a donde irá la
inesperada conversación. Es que… ¿han visto que la gente aprovecha las salidas
caninas para generar vínculos? Los irracionales se saludan, menean la cola,
corto o largo el movimiento (dependiendo de que tanto consideró la raza que
debía ser cortada), luego se huelen el ano. Si. El ano. Se huelen el ano.
Después, o al mismo tiempo, se erizan y luego, dependiendo de las energías,
empieza el juego o se pudre todo. Mientras tanto los dueños, dependiendo de las
energías también, miran al piso y murmuran cosas sueltas como: “buenos días”,
“qué juguetones que son”, “se la lleva bien con todos los perros”, “vamos apurados”,
“a veces se pelean, ¿viste?, y la mejor de todas: “¡y bueee…!”*3.
En otras ocasiones, cuando los actores son menos tímidos, la
olida de anos puede derivar en interesantes conversaciones y hasta en futuras
citas con diálogos como: “¿vos venís todos los días a esta hora?”, “es que le
cuesta relacionarse, así que está bueno encontrar otros “bichis” (porque es
cheta, por supuesto), con quienes se la lleve lindo”.
Me fui (porque me tengo que ir: es un monólogo). Tengo que tocar
varios temas volviendo siempre al asunto central… como la mente humana (que se
note que estoy pensando. Guiño, guiño).
La mujer me mira y dice:
-Es que los animalitos son la mejor
ocurrencia de Dios. A mi Panchita me salvó.
Y justo cuando logro interesarme en sus ideas, aparece detrás de
nosotras una mujer más vieja caminando con su perro tuerto al ritmo
parsimonioso de un bastón.
-¡Elvirita!
-¿Qué hacés, querida?
Se van las chetas y yo me quedo pensando en Dios… o en todas las
extrañas personas que le atribuyen propiedades curativas a seres irracionales,
algunos hasta a elementos inanimados. Me quedo pensando en todos los seres solitarios que inundan
las calles generando ternura a punta de sus conversaciones sin sentido con
animales que los miran sin entender nada. En todos los fragmentos de imágenes
que tengo de humanos hablándoles a sus perros al tiempo que ellos, como si
nada, les dan la espalda y mean el poste.
Me quedo pensando en toda la energía que gastamos atribuyéndole
significación a rituales, a categorizaciones que homogenizan y nos quitan el
sello, el brillo. Me quedo pensando en lo absurdo de las etiquetas, de los
códigos, de la asistencia observada como un patrón único, suelto. Me quedo
pensando en la pregunta que me hicieron hace tres días: “¿cuántas veces a la
semana vas a la iglesia?”. La categorización. El color gris de la religión. Como
si el número de reuniones a las que asistes determinara un nivel de buena
conducta, como si la estadía en un asiento y la pantalla de escuchar un sermón, significara
una conciencia profunda. Como si el estado del ser pudiera medirse con patrones
estadísticos aislados.
Como si todas las canciones que dicen “Dios” fueran
espirituales*4
Odio las respuestas correctas, la asertividad hipócrita, la
manipulación que se esconde debajo. La risa fingida. Como cuando se ríen del "chiste”
de tres empanadas, no hay nada chistoso en la profundidad de la comedia negra,
odio la combinación de palmitos y salsa golf, aprenderme los nombres de los actores
de la farándula argentina para poder encajar en las conversaciones. Los chistes
repetidos, ¡si!, como me saca de quicio el chiste de “te agarraron a tiros”
cuando me pongo una camisa con rotos.
Odio este millón de cosas que superficialmente parecen
correctas, que parecen gustarle a todos menos a mi. Y con más fuerza odio la
religión. Pero no con ese odio resentido que se queda cruzado de brazos mientras
se sienta a criticar, sino con la fuerza que me motiva a decir: Yo creo en
Dios. Absolutamente creo en Dios. Y Dios no se parece en NADA a la pantalla que
nos venden, a los requisitos que nos quieren hacer cumplir.
También creo en la mística inmaterial que hay detrás del
contacto con los animales. Era mentira y me da risa, porque yo soy miembro
perfecto de ese grupo de enfermos que aman a los animales y se la pasan todo el
día hablándoles como si entendieran. ¡¡¡Las veces que Simón se pone a mear
postes mientras yo reflexiono!!!
*cheta: gomela
(en colombiano)
*1.
Pantalón Bota campana (en colombiano)
*2. Esto
es un chiste.
*3. Léase
en argentino
*4 Para
ti, Lisseta.
miércoles, 4 de mayo de 2016
Autotexto
La primera vez que la vi pensé que tenía los ojos cerrados.
Permanecía inmóvil con las piernas cruzadas y “El amor en los tiempos del
cólera” sobre ellas. Tan
grandes eran sus pestañas y párpados, que pensé que estaba
dormida. Luego levantó la vista, me vio y supe que esa mirada iba a contarme
mucho más que su boca al hablar.
Le pregunté por el libro y me dijo que era de esos tan
bellos que nunca había terminado, como si al no leerlo
pudiera detener el final, no del relato, sino del libro.
Supe que amaba las letras, las palabras escritas en si
mismas; después descubrí que en realidad lo que amaba era
el significado de “en si mismo”. Los textos, las
imágenes, los planos, diciendo en su forma, lo que
quieren decir, lo que necesitan decir. Tal vez por eso
sus ojos, al cerrarse y abrirse, al brillar con el sol,
ya lo expresaban todo.
Lo siguiente que dijo fue lo difícil pero apasionante que
era escoger las palabras, lograr que una detrás de la
otra signifiquen mucho más que el conjunto completo, por
eso tenía que irse. Por eso dejé de verla, subió al tren
como lo hace ahora todas las tardes, subió buscando
completar la forma de su necesidad de expresar, todo
aquello que al mirar sus ojos queda claro pero al leer
sus letras sigue difuso.
miércoles, 27 de abril de 2016
doce -DULCE- y trinta e um
Jamundí es un oso marinero que come helado cuando llueve.
Vive en un barco de papel que viaja en un oceano -sin tilde- de madera.
Jamundí tiene veintiocho primaveras, en las primeras dieciocho soñó por vez tercera -con redundancia divergente, pa’que se note que es inteligente- pero no hizo miel, arequipe ni nutella, sólo se pasó la noche en vela.
Vive en un barco de papel que viaja en un oceano -sin tilde- de madera.
Jamundí tiene veintiocho primaveras, en las primeras dieciocho soñó por vez tercera -con redundancia divergente, pa’que se note que es inteligente- pero no hizo miel, arequipe ni nutella, sólo se pasó la noche en vela.
Diez nuevos cambios de hojas le otorgaron y Jamundí pensó: ciego me había quedado
Ciento –y siento- cuarenta y cuatro pecas le pegaron,
así que cambió el barco,
compró una tilde, océano de agua,
en la o, en la e, puso la playlist al revés
y en un jarrón de tulipanes planeó fazer –en portugués- un nuevo viaje.
Ciento –y siento- cuarenta y cuatro pecas le pegaron,
así que cambió el barco,
compró una tilde, océano de agua,
en la o, en la e, puso la playlist al revés
y en un jarrón de tulipanes planeó fazer –en portugués- un nuevo viaje.
Punto.
Y –remplazando la coma- coma,
se nota que lo escribió un humano, Jamundí.
se nota que lo escribió un humano, Jamundí.
miércoles, 20 de abril de 2016
triangular
Dormía con el pullover negro puesto, respiraba
armónicamente, de vez en cuando abría los ojos,
bostezaba, hacía soniditos caprichosos, estiraba el
cuerpo.
Ella lo miraba y le susurraba al oído pedacitos de amor.
Las orejas se le movían fastidiado.
Ella lo miraba y le daba besos en los ojos.
El bostezaba.
La puerta de la habitación contigua se abre bruscamente, se
escucha una voz.
-¿Podes dejar en paz al perro y venir a dormirte?
miércoles, 13 de abril de 2016
¿Se puede no susurrar los secretos?
¿Y si se escapan las letras por un hueco que no lleva a nada?
¿Y si se van bailando por un orificio sin profundidad?
¿un hueco enorme que termina con una pared de ayer?
¿Y si se van bailando por un orificio sin profundidad?
¿un hueco enorme que termina con una pared de ayer?
Corren esbeltas, gordas, redondas, semidifusas, siempre confusas.
Cuelgan sus brazos en el escenario dejando la cabeza donde van los pies,
protagonizan ese programa de televisión
y la gravedad hace que parezca caer.
falta una coma
,
porque la cámara está puesta siempre al revés
para que empiece esa llovizna con recortes de papel.
Cuelgan sus brazos en el escenario dejando la cabeza donde van los pies,
protagonizan ese programa de televisión
y la gravedad hace que parezca caer.
falta una coma
,
porque la cámara está puesta siempre al revés
para que empiece esa llovizna con recortes de papel.
Suena forzada, como si intentara,
pero la melodía se escapa
y se desafina la canción de fondo.
Voy en contratiempo verde sin mente de color rebelde,
letra que encanta aunque mejor se calla.
¿Se puede no susurrar los secretos?
Por supuesto impreciso
-para no perder la naturaleza-:
que es el preciso sinónimo de abstracto que necesito.
-para no perder la naturaleza-:
que es el preciso sinónimo de abstracto que necesito.
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