miércoles, 29 de junio de 2016

Las egocéntricas aventuras de Juana María

Juana María (53) camina con la frente en alto, cree que esconde la verdad sobre la vida por lo que mira a todos los que la rodean con esa superioridad moral que le da esa verdad, su verdad. Se viste con faldas largas y camisas sin escotes, como toda una dama, tiene el pelo perfectamente hidratado y organizado sobre la cabeza y si se le despeina algún rulo, en seguida acude a la planchita para domesticarlo... Como todo en su vida... Todo perfectamente domesticado, alineado, contenido, organizado, previsto y controlado.

Le encanta saludar a todos los vecinos de la cuadra con una amabilidad empalagosa pero si se queda a escuchar las historias, la realidad cruda e impredecible que es la vida humana, se altera, se impresiona. Escucha todo el tiempo desde el prejuicio, desde la necesidad de corrección, de contención hacia el descarrío de la vida del otro.

Se la ve actuar con sus vecinos creyentes con preguntas tales como: ¿no te vi el domingo en la iglesia? ¿qué tal estuvo la enseñanza?
Nunca una pregunta sincera, simplemente al acecho de una respuesta que le permita situar, en su termómetro de perfección, la vida de aquel vecino creyente. Si en las respuestas los vecinos reproducen fragmentos exactos del sermón dominical o si le hablan en detalle de la ropa que tenía puesta el predicador, se da por bien servida. Comprueba la asistencia de la persona a la reunión y con eso se asegura de que el nivel espiritual del otro está donde corresponde.

Cuando convive con vecinos inconversos o mundanos, está notoriamente más a la defensiva, pero en realidad la actitud es siempre la misma: La superioridad moral le permite evaluar, segmentar, etiquetar y calificar a todo cuanto le pase por el frente. Esta vez se la ve interactuar no tanto con preguntas sino con onomatopeyas y juicios de valor repartidos a diestra y siniestra: qué barbaridad… resultado de la vida sin el señor. Una lástima. ¡Y bueno, es el resultado!.
 Siempre un dejo de condena, de crítica, de sobradés.

Y luego, Juana María sigue caminando como si nada, o más bien como si todo. Orgullosa de su aporte al mundo, de la iluminación que cree repartir cada vez que abre la boca, pero detrás de ella el señor del diario, la mujer del puesto de flores, el farmacéutico, la adolescente precoz, el joven artista, el médico exitoso y el taxista, prefieren no haberla saludado, siguen pensando lo mismo del ser espiritual que ella pregona conocer, siguen prefiriendo llevar un camino paralelo que ni por error se toque con el dios que domestica cabellos y programa robots insensibles que se impresionan con las historias de la vida real.

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